Galleta Tuerta
Espacio personal

Nov
04

Subí a un bus casi vacío la noche pasada. Era enorme y no había música. Estaba exhausto y me acomodé cerca a la puerta para no tener problemas al salir en caso de que el carro se llene. Apoyé mi cabeza sobre la ventana y traté de conciliar el sueño. No pude hacerlo, pero tampoco sería exacto decir que estaba totalmente conciente. Lo intenté… en eso comienzo a percibir las voces de los otros pasajeros de la misma forma en que uno escucha el sonido del agua corriendo. No me detuve a escuchar ninguna de sus conversaciones. Solo estaba ahí, viendo como se turnaban al hablar, como algunas risas salían.

El momento se volvió más cálido cuando más voces se unían al ruido. Incluso en ese momento, ninguna voz se imponía sobre las otras y podía distinguir, sin reparar en el contenido, un tono femenino de otro masculino, una voz joven de una ya más adulta. Decidí permanecer con los ojos cerrados. No había música, como dije, pero ese conjunto hacía ya bastante con animar la vida que había alrededor. Voces, voces, voces… una dialogando a la otra, percepción del otro en negociación constante, poder en disputa, etnometodología, sociología, variación, acto de habla, poesía, calor humano… “Esto es el lenguaje más puro que existe”, pensé sin reparar en lo chauvinista y sesgado que sonara.

Nunca hablé ni una sílaba: solo escuchaba. Tan molido como estaba, no podía hacer mucho. Escuchaba el correr de vitalidad humana con la palma extendida, con el costado descubierto. Fuera de mis hábitos huraños, esta vez sentí algo que me unía a los que me rodeaban. Algo más que el lenguaje en estado de naturaleza, ¿eran las ganas de vivir?

Me quité la capucha y abrí los ojos. Ya había llegado a mi paradero. Seguí callado. Caminé a casa y escribí esto.

Oct
06

Me acuerdo claramente el día que di mi examen de clasificación para la primaria. Tenía apenas cinco años y ya había sido lanzado a competir. No me gustó esa sensación. Al lado mío, había un chico de cara rara. Ély la pregunta de “¿qué mano es la que indica la flecha?” que estaba debajo de una figura humana de espaldas de mi examen es el recuerdo más lejano que tengo de un examen.

He estado constantemente bajo la presión de ser un buen alumno sin tener conciencia de que es posible vivir feliz sin eso. Ahora a mis veinte y cuatro años aún tengo que batirme frente a exámenes de idiomas, trabajos que redactar, comparaciones frente a otros, jurados sin rostros y oficinas y oficinas de burócratas. Tengo el presentimiento de que seré muy infeliz si no tengo éxito. Justo como la pequeña galleta de hace cinco años.

¿Por qué?

No lo sé.

Luego de varios (y quiero dar un sentido laxo a esa palabra) años de carrera universitaria, cualquier pensaría que yo podría estar harto de la universidad yque no quiero volver el rostro a un aula más. Para bien o para mal, “esto”, aquí un sonido de suspiro resignado, es lo más cercano a mi temperamento y objetivos en esta vida. Supongo que es como ese tipo de situaciones en donde es imposible alcanzar ideales, así que uno solo se conforma con lo que ya existe.

Y mientras me desvivo en más exámenes, más aprobaciones y más certificados de realmenteséaunquenolocreas, aún tengo las ganas de hacerlo. La palabra “realción amor-odio” no queda mejor ilustrada.

Sep
23

Este post es dedicado a C., una gran amiga y maestra.

Mi amiga E. se quedó impávida cuando un profesor de EE.GG.LL. les llamó la atención a todos los alumnos, incluida ella, por su falta de atención. Él tuvo la desacertada idea de preguntar si es que ellos “tenían síndrome de Down o algo por el estilo” que no les permitía pensar. E., como hermana mayor de una niña con este síndrome, no pudo más que indignarse y quedarse callada. Ganas no le faltaron, pero sí coraje. En todo caso, ella sabe que no es la primera ni última vez que usarán la palabra “Down” con la acepción despectiva de “tarado” o “retardado mental”.

“Nosotros utilizamos el lenguaje y el lenguaje nos utiliza a nosotros”, decía Robin Lakoff al inicio de su audaz artículo “Women and language place”, que empezó los estudios que relacionaban el género con el lenguaje en uso. ¿Cómo es que el lenguaje nos usa? A continuación, quiero argumentar, brevemente, que el uso indiscriminado y poco reflexivo de términos psiquiátricos como “bipolar” puede causar no solo que tales palabras sean significantes vacíos, sino que, indirectamente, nos vuelve insensibles y ciegos al dolor ajeno.

Hace unos meses vi en el muro de una vieja amiga, ¿o era amiga vieja?, que rezaba así: “Es una joda ser bipolar”. Sorprendentemente, nadie comentó su status. ¿Por qué, de repente, nadie quería meter su cuchara en su concurrido muro? Es fácil decir que alguien es bipolar, pero considero que hay que tener agallas para presentarse así al mundo: solo basta pensar en el riesgo de ser observados con condescendencia y rareza por otros, que pueden ser parte de nuestra familia y amigos.

Los términos médicos que hablan de transtornos psiquiátricos parece estar tan en boga ahora como lo estuvieron los términos psicoanalíticos en su momento. Ahora, la gente llama “bipolares” a las personas con caprichosos y voluntarios cambios de temperamento, “deprimidos” a las personas melancólicas o muy tristes, “soumenage” a un simple agotamiento, “sociópatas” a la gente muy tímida, “disforia de género” a la simple transgresión de las normas de género, etc. Lo preocupante es que, al llamar a cualquier individuo o situación con estos términos de manera antojadiza, estamos haciendo un proceso semiótico de “borradura” (Irvine y Gal 1999):

La borradura es un proceso en el cual la ideología, al simplificar el campo sociolinguístico, presenta a algunas personas o actividades (o fenómenos sociolinguísticos) como invisibles. Hechos que son inconsistentes con el esquema ideológico  no son anotados ni explicados. Así, por ejemplo, un grupo social o una lengua puede ser imaginada como homogéneo, su variación interna no es tomada en consideración. Debido a que la ideología linguística es un visión totalizadora, los elementos que no encajan en su estructura interpretativa -que no puede ser vistas para que encajen- deben ser o ignorados o transformados.

p,38 [La traducción es mía.]

Una ideología de corte patologizante nos presenta un mercado de etiquetas con los cuales debemos encajar: tanto uno mismo como los demás. Estas etiquetas funcionan por medio de la borradura antes mencionada. En ese sentido, lo que se cuestiona diariamente es si una persona está sana o mentalmente estable, pero no qué es lo que significa estar sano o estar mentalmente estable. En otras palabras, el éxito de la psiquiatría en la vida diaria no es habernos ayudado a aliviar nuestro sufrimiento, sino haber tenido el rol taxonómico de etiquetarlas de manera elegante. Cualquier atisbo de “bipolaridad”, “depresión”, “fijación”, etc., hará que la persona o el hecho entre en un uniforme grupo donde no hay diferencias internas: “los anormales” (esto es, pues, un proceso de borradura). No obstante, la misma ciencia médica se ha encargado de hacer finos matices al momento de diagnosticar nuestros males. Aún recuerdo, los largos reportes que tenía mi propio psiquiatra en su escritorio: una sola psicobiografía podía llenar una docena de páginas. ¿Entonces, de dónde viene este proceso de borradura patoligizante? No es mi intención descifrar su origen. Lo que planteo es que 1) no se trata de un discurso médico, pero sí patologizante y 2), lo desarrollaré a continuación, es una borradura hecha para evitar reflexiones sobre la salud mental y justificar nuestra falta de compasión.

Aún recuerdo lo que me motivó a escribir estas líneas. Era una tarde en la que C. y yo nos reunimos en su casa. Mientras conversábamos ella daba signos de tener dolor de cabeza. Pese a no lucir muy agotada, dejaba oraciones a medio terminar… Le pedí que dejáramos todo ahí y que termináramos de hablar. Ella dijo que estaba bien, pero yo no le creí. Luego de eso, llegó su pareja. Tomé mis cosas para retirarme. Conversamos un rato los tres a la vez. Ellos dos conversaron un rato: ella le explicaba que no se sentía particularmente triste, pero que su mente estaba agorada (“¡Eso creí yo también!”, pensé). Un momento yo giro para verla: extrañamente tenía sus ojos rojos.  Volteo la mirada y reestablezco mi conversación con él. Escucho un grito ahogado. Volteo rápido una vez más y la veo tapando su rostro mojado por las lágrimas. “¡Perdón! Un momento”. Ese fue un momento muy tenso. Me sentí culpable y triste. Luego de unos minutos de escuchar sollozos que venían del baño, ella regresó con la cara sonrosada por el agua fría y el roce de sus manos. Ambos se despidieron de mí. Dejé su casa en estado de shock y, a la vez, culpable.

C. me dijo en alguna ocasión que sufría de transtorno de conducta bipolar. Le creí a medias precisamente debido a este discurso patologizante de moda. Aquella tarde que acabo de describir me aseguró, de manera violenta, qué es lo que significaba cada una de esas palabras. Mi reflexión inmediata fue pensar por qué, si se trata de algo tan grave y doloroso, la gente señala, muchas veces sin escrúpulos, a otros como “bipolares” u otras se aventuran a diagnosticarse como “bipolares” sin una certificación médica. Mi argumento es el siguiente: la asignación de “bipolaridad” es llevada a cabo por un proceso de borradura que patologiza homogéneamente a personas algo afectadas o que, en ningún caso, están enfermas; y es motivado por un deseo estigmatizador (paralelo al de la asignación de la categoría de “homosexual” o de la medieval “bruja”).  Me explico: al decir que alguien es “bipolar” se lo hace de manera categórica y, lo peor de todo creo yo, se le asigna agencia a la persona en cuestión. Esto último implica una contradicción: se dice que una persona es culpable de su propia enfermedad, que decidieron abrazar tal transtorno.

¿Acaso decimos “X es bipolar” sin una carga de asignación de responsabilidad en el otro? Recordemos cómo es que usamos la frase “Me siento deprimidx” o “X es un sociópata”. ¿Acaso la depresión, la bipolaridad o la sociopatía son alteraciones mentales que uno puede controlar totalmente? Si la respuesta es sí, entonces no se trata de una enfermedad psiquiátrica. Si hablamos de enfermedades, veamos si nos referimos de manera equitativa cuando se trata de una infección al apéndice, un tumor maligno o una neumonía. ¿Se nos prendió las lucecitas de nuestra mente un día y decimos “X tiene cáncer de estómago” con la intención de señalar que esa persona tiene la culpa de su condición? Vemos que la respuesta en “no”. Considero que los términos psiquiátricos dan lugar a una falta de compasión que ni siquiera los médicos que acuñaron estos términos han presentado.

Mi reflexión final es que debemos reconsiderar que las palabras sí importan. Ellas son las gafas con las que observamos el mundo. Si no somos conscientes y atentos a lo que decimos, ¿qué sucederá con lo que pensamos antes y después de hablar? Por eso, quiero reconocer el papel de las prácticas higienistas verbales de las que hablé en un post anterior. Debo afinar mi postura al respecto: es condenable tratar de controlar a las personas por medio del lenguaje; pero es mucho peor que no se discuta el estado linguístico de las cosas. Esto último no solo no permite poner sobre el tapete los problemas relacionados entre lenguaje y la vida social (en este caso, el lenguaje médico y la compasión hacia los demás), sino que no puede dar cuenta ni siquiera de que hay algo que se puede discutir. En términos gramscianos, la hegemonía ha tenido lugar. ¿Cómo discutir si no se sabe sobre qué se puede discutir? Las ideologías están ahí, llámese higiene verbal o discurso patologizante, debemos sacarlas a la luz y probar otras nuevas más éticas y acertadas con la realidad social.

Sep
09

Is euthanasia (assisted suicide) ever justifiable?

Do you agree that in some cases active euthanasia is better than passive euthanasia? Why or why not?

I consider euthanasia to be a very delicate topic. At first glance, I agree with euthanasia, although, on closer inspection, many factors must be considered before putting it into practice. From an ethical stance, a life worthliving implies the lowest level os suffering and the pursuit and attaiment of pleasure (not at cost of other suffering). I’m very dubious about how desirable a painful life could be to a sintient being. Furthermore, there are people who vehemently defend life (a whatever form: a vegetative state or fetus existence). But their concept of life doesn’t embrace the sutle differences of setient states that the world demonstrates to us. It is not the same to be a healthy adult, a defenceless baby or have a handicapped body. In my opinion, euthanasia could be applied to adult whouse health is ruined and who voluntary and consciously take the decision to not live anymore. This is called active euthanasia. However, this decision must be taken with the least emotions and external infuences possilbe. But in reality, this detached state is hard to achieve, since disabled patients or those without any chance to recovery are, as one should expect, deeply depressed.

What about passive euthanasia?

From a utilitarianistan point of view, just as I pointed out above, passive aeuthanasia must be considered within the same suffreing / pleasure scheme. Certainly, the pro-life movemente (often represented by the Church and right wing members of society) regard this doubly unaccpetable because it’s impossible to obtain the consent of the implicated person. In this case, I think, if the damage doesn’t allow a person use of motor or psychological funtcions (that a healthy average person must have) and it’s possible that the person still feels pain (though be unable to express it sure so terrible as babies or mute persons undergo), euthanasia could be appied. Suffering has taken the place of life in the ethical consideration. Obviously, the procedure needs to be accompaninied by appropied laws to protect doctors and patient relatives from punishment.

Sep
07

Me acuerdo claramente que en la celebración del Día de la Madre del terce año de secundaria me quedé contemplando el cielo durante varios minutos. En esa época, vivía en Piura y no conocía mucho otros lugares. Me acuerdo perfectamente aquel cuadro: nubes desgastadas como hilachas de algodón rivalizaban con otras que eran regordetas como ovejas. Una parecía querer en una posición más alta que la otra. El sol ya estaba ocultándose. Probablemente eran las seis de la tarde. Ya empezaba a correr más viento y la temperatura bajaba. Los colores más profundos comenzaban a desplazar el celeste cotidiano: morado, magenta, rojo, naranja… en todo sus matices. Veía como la profundidad de las nubes daban nuevos colores, cómo una al sobreponerse a la otra creaban nuevos y sutiles brochazos cálido. “Esto es tan hermoso. Lo recordaré por siempre”, pensé.  Al fondo, casi como con miedo, asomaba la luna de forma fantasmática.

Acostumbrado como estaba a un cielo transparente y colorido; y a un aire seco y limpio; vivir en Lima es realmente una tortura para alguien que pretendía amar la vida. Todo aquí es gris: el cielo, las palabras blanca, el rostro de muchos conductores, las señales de tránsito, los niños, las flores… una capa de smog nos rodea como un biombo eterno. No hay escapatoria: todo lo que se ve es el cielo eternamente blanco… el mismo blanco que hay al abrir la refri, el de las luces del quirófano, el de la luz alta de los faros de los autos… Un blanco agotador que te dice “¡Vive!” o tal vez “¡Sobrevive!” en una ciudad fea y falsa. Pero no dan ganas de vivir… Este reflector que es el cielo tiene la terrible propiedad refractaria de aumentar el brillo solar debido a las nubes que cubren la ciudad. Estas mismas nubes, me contó un geógrafo, nos alivian un frío que puede ser aún mayor. ¿A qué precio? Ver perenne y ubicuamente el mismo blanco sin sutilezas, ni matices, ni profundidad en todas partes…

El cielo es opresivo. Al mirarlo no te dan ganas de soñar ni de ser nada en esta vida. En Piura, por las noches, contemplaba las estrellas y pensaba en la gente que vivía en otras partes y pretendía reconocer ovnis de aviones. Al menos, servía para matar el rato y divertir a un niño. ¿Y aquí? Lo más cercano que se puede estar de ver las estrellas es vivir al lado del mar, como yo hace nos años, pero no se ilusionen. Tampoco verán tantas. Y, asi como se amplifica la luz de sol por las nubes, en la noche, sucede lo mismo con el brillo de la luz artificial. De noche, no se negro, se ve morado. Así es, morado, un color antinatural para la noche… Recuerdo esa noche cuando dormí camino a Paita y vi, no exagero, el cielo nocturno más impresionante de todos… pero esa es otra historia.

Sep
06

No es fácil vivir. En especial, cuando se le exige tanto a la vida. Conozco a personas que tienen una fracción de las posesiones materiales que yo tengo y son más felices de lo que yo nunca podré ser. Ahora tengo que demostrarle a la gente de “allá”, sí una vez más, que soy inteligente, disciplinado y que, ¡qué mal suena esto!, valgo la pena. No sé de que sirve estar constantemente insatisfecho. Algunos lo llaman perfeccionismo, yo lo llamo angustia.

Pensaré en un plan B y un plan C y en un plan D. Al final de cuentas, creo que ingresé al maravilloso mundo de la adultez y eso me permite ciertas libertades. Así que el plan B, C y D tampoco suena tan terrible.  Sé que suena medio extraño, pero prefiero la seguridad de ahora (aunque no es tanta) que la torpeza con la que me movía por la vida cuando era más joven.

“On competing, when this tired heart stop beating. It’s all a game, existence is only a game”…

Sep
06

He dejado de escribir hace tanto que la gente ya no me pregunta por qué me he ido. Hubo un tiempo en que lo hacían. Diré que, básicamente, se debe a las mismas personas que me han leído. Me explico. Tres personas: dos de mi familia y alguien de la chamba me han dicho que leen lo que escribo y empezaron a reclamar. El primero no tuvo mejor idea que mostrar mi blog a toda la gente de su trabajo (figúrese la escena: 6 rostros adultos delante de una pantalla), la otra persona comenzó a felicitarme y decirme que lo que escribo está bien (y tuvo la extraña simpatía de decirme que mejorara mi estilo); y el sujeto del trabajo me reclamó que decir que “citaba extensamente” a un autor suena a que yo afirmaba que plagiaba.

Bueno, a esas tres personas les digo esto: novolveréaescucharniapensarengentecomoustedesmecortanmivenaseudoliterariaymehacensentirculpable.

Espero que el mensaje haya sido claro.

Evidentemente, yo también cargo con la culpa de este largo silencio. Viendo mis estadísticas hace unos minutos (juro que nunca veo cuánta gente lee este sitio) me he llevado con la sorpresa de que más de diez personas en el mundo me leen cada día. ¿Por qué una sorpresa? Porque desde hace casi un año no he escrito en este blog ni en ningún otro. En otras palabras, este blog que estaba a punto de ser eutanizado aún llega a ojos y oídos de gente que nunca he visto. Entonces, ¿por qué me tendría sentir mal cuando gente que conozco me lee y no cuando completos extraños hacen lo mismo?

“No me voy” porque nunca estuve. No quiero que la gente me intercepte en la calle y me pregunte: “¿Qué quisiste decir con eso?” “¿Hablabas de mí?” “¿Qué escribirás ahora?”. Lo siento, gente, lo que está aquí es lo que está aquí. Cualquier parecido con la realidad no solo no es coincidencia, sino que tampoco pretende serlo. Lo que está escrito es lo que ven, no hay reclamos ni adendas. Esto es la blogósfera, no la atmósfera.

Paz y amor

Sep
06

Estoy volviendo porque he entrado en una etapa de aislamiento voluntario. Nada de depresión, ni de lejanos parajes… se trata de mundanos papeleos e investigación académica. También estoy a punto de redactar los documentos más importantes de mi vida (y no exagero al ponerlo así). Last but not least, mi gran amiga Teresil Torres (http://kafukapop.wordpress.com/) me ha empilado en esta renovada empresa. (¡Hola, Teresa!)  Por eso, he vuelto para afinar mi pluma digital y comenzar a reintegrarme (mismo ex-cocainómano) a la blogósfera.

No habrá más reflexiones extendidas, nada de largos numerosos y extensos, díganle adiós a los giros retóricos con aires programáticos y fundacionistas… He vuelto desencantado de la vida, pero creo que más sensato. Vine a divertirme y a dar mi opinión sobre la gente, los libros y lo que se venga en gana a esta, espero aún, joven materia gris.

Servidos

Dic
09

¿Qué es la repugnancia? ¿El miedo? ¿La ira? Muchas veces no preguntamos sobre el mecanismo que desecadena estas emociones. Simplemente nos limitamos en reaccionar. ¿Qué es lo que está fallando con nuestros sentidos? ¿Qué pasa por nuestras cabezas? Lo que sostengo a continuación es que los mecanismos de verguenza y repugnancia son construcciones sociales que enmascaran un constructo ideológico que juega a favor de determinados intereses. En otras palabras, no hay una necesidad innata en la repugnancia y la verguenza generada en aquellos cuerpos y vidas. Estos no son más que elementos fantasmáticos que fueron maquinados por la sociedad (Nussbaum, 2006).

Desde siempre he percibido el desprecio y degradación a los homosexuales y lesbianas como algo particularmente interesante. En todos los casos y en cierta medida, me parecían injustificados. Lo interesante es que he aprendido a temer y despreciar a personas que pueden catalogarse así (lo de la catalogación es todo un rollo) muchos años antes de conocer a cualquier gay o lesbiana. Fue en ese camino de conocer y develar lo que tanto tiempo me han prohibido que me he topado con la maquinaria más injusta casi nunca cuestionada de nuestra sociedad: la homofobia.


Comprendo, en este primer momento, como homofobia el miedo injustificado que sienten las personas a gays y lesbianas. Irónicamente, la homofobia es considerada por la OMS un desorden psicológico mientras que la homosexualidad, no. En otras palabras, para el mundo médico internacional los enfermos son los homófobos y no los gays y lesbianas. Pero vayamos más allá de la terminología. ¿Qué siente qué frente a quién? Son las personas heterosexuales las que siente miedo/asco/rechazo a las personas homosexuales. Sin embargo, esta afirmación ya tiene dos presupuestos: el de las categorías sexuales en cuestión y el de la mistificación del concepto miedo/asco/rechazo.

Los términos homosexual y heterosexual con los que vivimos día a día, que se nos repiten tanto que podemos creer que son eternos (es decir, lanzan su estela de verdad hacia un pasado y un futuro infinitos) no lo son para nada. La palabra “homosexual” de cariz médico surgió a finales del siglo XIX y su contraparte “normal”, la “heterosexualidad”, surgió once años después (Fuss, 2006). Pero esto no significa que las relaciones sexuales y sentimentales entre personas del mismo sexo sean cosa de la historia contemporánea. Una enorme cantidad de pruebas desde la literatura, el derecho, la pastoral y el discurso médico dan cuenta de la homosexualidad, término anacrónico por lo visto antes, desde hace muchos siglos (Fone, 2000).

No hay que, por ello, creer que hubo una arcadia donde la “tolerancia hacia la homosexualidad” (frase ya analizada por Foucault) era cotidiana. Así como hay una larga trayectoria de conductas homosexuales, también existe una enorme cantidad de evidencia de que la homofobia se ha da presentado de múltiples maneras. A grandes rasgos, podemos decir que la homofobia ha existido para hacer mofa del afeminamiento y criticar el carácter no reproductivo en un primer momento. En otras palabras, la homosexualidad era tradición constatable y aceptada, pero solo condenable si se extendía fuera de cierto tiempo de vida y si implicaba afeminamiento. La tradición judeo cristiana fue más allá: todo comportamiento homosexual era condenado por las autoridades religiosas como contrario a la ley de Dios. Está demás decir que la leyenda de Sodoma no es más que una pésima lectura de las sagradas escrituras (Fone, 2000: Cap.5). Fue en este periodo de la historia en que empezó una auténtica cruzada homofóbica a lo largo de Europa: miles de personas fueron torturadas, ejecutadas y sentencias a penas que podía durar décadas. Finalmente, podemos mencionar que la época victoriana y su discurso moralista despegó la violencia, jurisdicción penal y odio masivo hacia los gays. Inglaterra tiene el penoso mérito de ser considerado el país más homofóbico de la historia: no fue sino a mediados de 1960 que la homosexualidad dejó de ser un delito en las islas británicas. Irónicamente los estudios sobre conductas sexuales causó un boom en la moral de la época dando lugar, según Foucault (1976), a la creación de la sexualidad como la conocemos hoy.

Este breve recorrido histórico puede hacernos pensar que la homofobia es algo inherente a la historia humana. Lo que fue un pederastra se convirtió en sodomita y este, a su vez, devino en homosexual. Pero el cambio de rótulo es también un cambio en las categorías de repugnancia como ya hemos señalado. Hoy, a principios del siglo XXI, aún los mecanismos homofóbicos son menos evidentes, pero no por ello menos nocivos. Empecemos por el más ubicuo: afeminamiento.

Es irónico, incluso contradictorio para muchos y muchas, que los hombres heterosexuales deseen, fantaseen y mueran por las mujeres que ellos jamás quisieran ser. “Amo a las mujeres, pero jamás me confundas con una”, parece ser la consigna de la heteronormatividad masculina. ¿No olvidamos acaso que decir que un hombre “parece mujer” o que “actúa como mujer” es un insulto? La heterosexualidad, constructo que ya hemos visto, se basa en gran medida en el desprecio hacia las mujeres. Un desprecio que se patenta en la subalternidad de estas y la imposibilidad de los hombres de asumir los roles familiares y económicos que se les asigna a ellas. ¿Qué pasa con aquellos hombres que toman la batuta en el hogar, los oficios tomados socialmente como femeninos, demostrar pasiones, gustos y apetencias no sexuales que son considerados femeninos? ¿Qué es lo que hace a una mujer, mujer y qué a un hombre, hombre? La categoría de hombre necesita de su suplemento estigmatizable y, no se confundan, no es el homosexual. Es la mujer.

Una vez me acuerdo ir a un restaurante y pedir una “margarita”. El tipo que me acompañó me dijo que no pida eso porque “es trago de damas”. Solo le faltaba decir que si lo tomaba me convertía, por arte de magia, en mujer. Meses después, él argumentaba que las mujeres atractivas deben tener algo mal en la cabeza si es que quieren hacer estudios de postgrado. “¿Para qué? Si pueden casarse y estar tranquilas”. Este hombre es heterosexual, y está feliz y burguesmente casado. La misoginia está en el aire.

El otro punto que me gustaría tratar, hay muchos más, es el referente a la relación entre hombres heterosexuales. Cuando el común de los hombres habla de la homosexualidad no menciona lo abyecto de lo homosexual, por lo general en sus comentarios no hay nombre propios, a diferencia de cuando se habla de cualquier otra persona: “Él es bien chamba, pero se estresa mucho”, “Ella está buena, pero no tiene buenas piernas”, por ejemplo. Lo que resulta interesante del discurso homofóbico es el anonimato del sujeto de la conversación, los enormes deseos del emisor de hacer uso de hipérboles, exotismo y distanciamiento con respecto al “homosexual”. Se reafirma la enorme brecha entre ellos y el “yo” enunciador. En otras palabras, no se habla de lo abyecto del homosexual, sino de lo homosexual como abyecto en su totalidad (Fuss, 1996), no importa quién sea, dónde esté, cuándo… Siempre será sujeto de desprecio… un cuerpo que no importa.

Me gustaría reconsiderar entonces el concepto de homofobia. Antes que el miedo/rechazo de hombres y mujeres heterosexuales hacia gays y lesbianas, considero al igual Kimmel (2001) que la homofobia en gran medida es misoginia y que, sobre todo, es el miedo hacia otros hombres y tiene poco que ver con la homosexualidad:

“Homofobia es el miedo que otros hombres nos desenmascaren, el miedo de no ser verdaderos hombres. Tenemos miedo de dejar que otros hombres miren ese miedo. Miedo que nos averguenza porque el reconocimiento del miedo en nosotros mismos es una demostración para nosotros de que no somos tan masculinos como pretendemos (…). Nuestro miedo es el miedo de la humillación. Tenemos verguenza de estar asustados.”
Kimmel, 2001: 277


La homofobia, pues, está en no parecer al ideal de hombre. Está en desenmascarar que lo que los hombres presentan como su bandera de normalidad, la cruz de su imperio, es una farsa: su heterosexismo, blanco, misógino, homofóbico y burgués. Quitarle al rey lo que nunca fue de nadie: el trono del opresor. Preguntar por la homofobia es preguntar por el lugar del desplazado y la desplazada: todas las mujeres y los hombres que han mandado al tacho las reglas de género que no son más que reglas de la opresión, los cuerpos subalternos, las sintiencias, pensamientos y pasiones que no entran en la matriz de estos hombres fantasmáticos.

No nos olvidemos que aún hay mucho que hacer para acabar con la homofobia. Este es el último prejuicio aceptable precisamente porque pone en juego todo lo que conocemos como sociedad. Es la batalla más larga porque incluye a más actores, conceptos e instituciones que ninguna otra lucha en la historia. Veamos con nuestros ojos, recordemos nuestros cuerpos t nuestros corazones que no son defectos o una meta frustrada ya que nunca llega al ideal. La lucha contra la homofobia es la lucha de todos: homosexuales y heterosexuales, hombres y mujeres, no blancos y blancos, ricos y pobres. Una vez ganada, recién podremos hablar de democracia y justicia.

Nov
01

Ahora que nadie se acuerda de este sitio…

Ahora que no es relajante, sino que es necesario escribir…

Cuando ya no se puede escuchar más y tengo ganas de hablar simplemente

mis lecturas

mis incoherencias

mis pensamientos…

es cuando vuelvo.