Galleta Tuerta
Espacio personal

¿Por qué no escribo?

No escribo porque tengo la impresión de que todo se dijo. Siento que mis opiniones son perecederas, fugaces, cambiantes. Porque para escribir una sola página hace falta haber leído cien. Entonces me siento incapaz. El papel en blanco me detiene. Extiende una sombra sobre mí. Parece decirme: estate quieto, que lo que se coloque aquí valga la pena. Son tiránicas las reglas del lenguaje. No puedo permanecer mucho tiempo callado pero sé que todo cuanto ponga será opaco y casi pueril con respecto a lo que generó mi mente en su primer momento.

Sólo escribo cuando quiero escribir. Por lo general cuando soy presa de una emoción fuerte (la ira, por lo general). Pero luego aparece el corsé textual: citas bibliográficas, la sintaxis del idioma, el leitmotiv, la necesaria redondez argumentativa. Luego de esa dura prueba llegan a aflorar algunos de mis pensamientos. Pero son más los hundidos que los salvados.

Mi pensamiento es analítico, mi escritura es caótica. Parece que mi dedos y mi lengua destilaran en perjuicio de mis ideas. Nada de cuanto escriba será un reflejo de lo que piense. No quiero pensar en lo escrito como autónomo de mi mente. No soy literato y tampoco pretendo pensar en lo que escribo como algo ajeno a mí. El blog es más una producción que un producto. Cuando veo comentarios a un post siento que el texto se enriquece y el diálogo se abre. No puedo imaginarme algo así en un libro cualquiera que sea.

Tal vez este miedo a escribir pueda confundirse con perfeccionismo. Sé que conseguir la lectura no es muy difícil. La aprobación de un gran grupo de personas no es algo difícil de conseguir. La única aprobación que busco es la mía propia. He incurrido en hacer posts programáticos: ‘esto se debería hacer’, ‘la gente debe pensar así’. Sentí un sinsabor al revisarlos después. No estoy dispuesto a arrepentirme. Lo hice y creo que eso también es reflejo mío.

No quiero terminar esta especie de confesión sobre mi mutismo sin hablar de los lectores. El papel del que lee es muy valioso para cualquiera que pretenda haber creado algo. En estos tiempos donde lo que abunda es información y la Red parece haberse convertido en la Biblioteca de Babel de la que hablaba Borges es cuando más se hace difícil leer. Tal vez porque estamos aturdidos: tv por cable, diarios, revistas, literatura de toda especie, publicidad, moda, música… todo parece tener una intencionalidad comunicativa amplísima. Sin embargo, aún consumiendo (espantosa forma de decir ‘leer’ en esta época) toda esta información no vemos en nosotros cambio alguno de sensibilidades. No hay una confrontanción de ideas, una reflexión sobre la realidad cercana en el grueso de la población. Mi opinión es que se debe a que vemos en la información disponible en cantidades industriales un paliativo a nuestro dolor cotidiano, un distractor. Una masturbación de los sentidos. No creo que el goce sensorial sea algo condenable pero sí considero que le está quitando un espacio vital al pensamiento. Por eso es que tenemos personas que leen pero que no comprenden.

Juzgo que ninguna de las anteriores razones pueden ser demasiado fuertes por sí mismas. Pero esta rara mezcla de impotencia, incapacidad y soledad vuelven a muchos como yo mudos voluntarios. Por eso es que no escribo.

Una respuesta to “¿Por qué no escribo?”

  1. Hola

    Siento que puede ser, simplemente, que hemos sobredimensionado la palabra. La comunicación se ha vuelto un bien sobrevalorado, con el que podemos cuantificar o validar la relevancia de nuestra presencia en el mundo. Pero el silencio, el dejar ser –por más cliché que pueda sonar-, estar solitos, solitos, solitos, resulta aterrador, el pánico de quedarse sin sentidos.

    Lo paliamos con lo que hacemos, entonces: escribes pensamientos sugerentes, sedosos, y yo te escribo esto sin saber por qué. Y así seguimos con esta eterna cinta de Möbius…

    Aún así, creo que una de las cosas que me pasa cada día son esos pequeños vacíos donde no existo, como si me dispersara en el mundo. Cuando compro plumones nuevos para estrenarlos haciendo grafiquitos por algún trabajo, cuando recuerdo mi parto, cuando me lavo la cabeza. Pastruladas o niñerías, tal vez, pero no puedo desprenderme de ellas, tampoco pretendo.

    Pensamientos repetidos, recurrentes, tal vez sí. ¿Pero importa? Uno es sólo una bella perturbarción en el mundo.

    Me despido.


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