Galleta Tuerta
Espacio personal

Dos tipos de risa: El nombre de la rosa II

Me considero una persona seria e irreverente. Seria cuando se trata de las cosas de la que considero importantes (mis estudios, mi posición política y la observación de mis emociones) e irreverente frente a las cosas que se les da demasiado espacio. Es decir, que son vistas con seriedad y a las que se dedica mucho tiempo inútilmente. Rebeldía y razones bien fundamentadas. Entre este grupo de temas anti-tabú está el sexo, la religión y el prestigio social. Creo que si no socabo la monumentalidad de ciertos temas la gente no podrá hablarlos con tranquilidad. Me refiero a ese hablar pausado, llenos de eufemismos, de disculpas y miradas furtivas del que busca una aprobación. Lo conozco. Nos envuelve en un juego de máscaras y de hipocresía. Cuando quiero hablar de verdad trato de ser lo más transparente posible. Intento vano al final. Hay personas con las que hay que escoger ‘excesivamente’ las palabras, con las que es difícil hablar. Para romper ese hielo es bueno una carcajada, algún ingeniosos escape, una metáfora gráfica… Muchas veces funciona.

Y su contraparte: el volcán en erupción. Hay temas que me incomoda tocar no tanto por la polémica inherente a ellos sino a la necedad de mi interlocutor. Trato de sopesar la educación, visión del mundo y el acceso a información que mi interlocutor puede tener. No puedo juzgar de la misma forma a todos. Por ejemplo, un niño, una ama de casa, un médico y un linguista tienen ordenadas sus prioridades y manejan sus conocimientos de manera muy distinta. Pero si tengo algo como esto:

– Al final, ¿qué es un feto?. ¿No es una bolsa de placenta simplemente?

Viniendo de alguien que está en las mismas condiciones de reflexionar sobre inconmesurable estupidez de esta acepción sobre la anatomía prenatal (i.e.: edad, educación, sexo, nivel cultural). Bueno, en ese caso la risa se deja de lado. Hay asuntos sobre los que un leve asentimiento genera mucho daño. Porque es inocuo aparentemente, subrepticio y consentido. Demuele toda argumentación racional Deja en el aire una sensación de cotidianedidad y trivialidad. Una simple opinión basada en un maniqueo ‘estoy-totalmente-de-acuerdo’ sobre cuestiones de las que nunca se puede tener una completa certeza es pan de todos los días. Pero el necio siempre quiere disimular su ignorancia con la contundencia de sus palabras.

No puedo evitarlo. Si el tema es trivializado hasta el hartazgo comienzo una larga transición. Me vuelvo en madame La Colère. Primero empiezo con la indiferencia facial (rictus mortis), luego continúa el carraspeo incómodo, sigue el repentino y audaz cambio de tema. Si mi interlocutor no ve las claras señales de mi incomodidad puede que explote. Es probable que simplemente espete un ‘no digas esas cosas’ o luego ‘cállate’. Un censor, un represor surge de mis entrañas. De repente me convierto en el frayle Jorge de ‘El nombre de la Rosa’. El bibliotecario ciego que escondía el texto perdido de Aristóteles: El tratado de la risa:

-Pero, ¿por qué temes tanto a este discurso sobre la risa? No eliminas la risa eliminando este libro.

-No, sin duda. La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la ditracción del campesino, la licencia del borracho. Incluso la iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la fiesta, del carnaval, de la feria, esa polución diurna que permite descargar los humores y evita que se ceda a otros deseos y a otras ambiciones… Pero de esta manera la risa sigue siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la plebe. Ya lo decía el apóstol: en vez de arder, casaos. En vez de rebelaros contra el orden querido por Dios, reíd y divertíos con vuestras inmundas parodias del orden… al final de la comida, después de haber vaciado las jarras y botellas. Elegid al rey de los tontos, perdeos en la liturgia del asno y del cerdo, jugad a representar vuestras saturnales cabeza abajo.. Pero aquí, aquí…-y Jorge golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro que Guillermo había estado hojeando-, aquí se invierte la función de la risa, se la eleva a arte, se le abren las puertas del mundo de los doctos, se la convierte en objeto de filosofía, y pérfida teología.

(p.447)

ECO, Umberto. El nombre de la rosa. RBA.

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