Galleta Tuerta
Espacio personal

“Fuck” y la higiene verbal (Parte I)

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Tenaby Boomer se hallaba remando en su canoa cuando de repente cayó al río: el hecho lo enfureció tanto que soltó unos cuantos fuck con tanta profusión y rabia que fue arrestado por el alguacil de la zona y condenado a pagar una fianza de 75 dólares o pasar tres días tras las rejas. De igual forma, cuando Bono, vocalista de U2, recibió el Globo de Oro en la categoría de mejor canción original, no tuvo mejor forma de expresar su gratitud que diciendo: «That’s really… really fucking brilliant», rapto emotivo que casi le costó una demanda millonaria de parte de la Federal Comunications Comision (FCC). Y esto no acaba ahí, en 2001 la FCC recibió 111 denuncias por el uso de la palabra fuck en televisión y radio, mientras que cuando George W. Bush llegó al poder, la Parents Television Council, organización que busca proteger la integridad moral de los niños frente al contenido de la televisión, presentó 1 068 802 demandas por uso de lenguaje inapropiado. Ese año la FCC tuvo una ganancia de 7 928 028 dólares. La PTC hace la salvedad de que no se consideran una asociación conservadora.

¿Por qué una palabra puede causar tanto revuelo?

Instituciones sociales, artículos en periódicos, programas educativos, leyes casi desconocidas en ciertos estados e incluso el veredicto de miembros de la iglesia proscriben y condenan el uso de la palabra fuck en Estados Unidos. Mucha tinta ha corrido con respecto a las implicancias sociales, culturales y religiosas de su uso. En esta cacería de brujas (o de palabras), aparece el documental Fuck (2005) para presentar más de un punto de vista sobre esta polémica palabra: ¿qué es lo que hace que tantas personas se rasguen las vestiduras?, ¿qué motiva realmente tal maquinaria de control?

El uso de malas palabras requiere de la existencia de dos grupos humanos, como lo menciona el lingüista Nunberg en el documental, el de los santurrones y el de los profanadores. Si estas palabras no tuvieran un público al cual escandalizar, no tendrían ningún poder. La calidad moral de este tipo de palabras radicaría en quien las escucha y evoca, no en las palabras mismas. Por lo tanto, estamos frente a una cuestión de grupos sociales en disputa que reflejan sus relaciones tensas sobre discusiones acerca del uso correcto del lenguaje. En ese sentido, creo que Fuck es un buen punto de partida para comprender lo que la lingüista Cameron llama higiene verbal. La higiene verbal, según Cameron, es «el intento de controlar el lenguaje definiendo su naturaleza» (Camerón, 1995: 8). La discusión sobre las groserías no es más que una sección adicional de las discusiones sobre la naturaleza del lenguaje; en particular, se pone en debate si es auténticamente una amenaza a la integridad moral de una sociedad. Se trata, pues, de una práctica higienista más. También podríamos hablar de higiene verbal dentro los manuales de ortografía, en el uso de palabras políticamente correctas (por ejemplo, hombre de color en lugar de negro), la condena de rasgos no propios del estándar (por ejemplo, la mofa que se hace de las variedades andinas de castellano) y la presencia de artículos en los diarios donde alguna autoridad diserta sobre el correcto uso de las palabras (caso que analizaremos líneas abajo). Lo que caracteriza a todas estas situaciones es su clara intención de poner sobre el tapete al lenguaje y tomar acciones sobre la forma más adecuada de controlarlo, calificarlo y hacer uso de él. No escapamos a la tentación de pensar que el lenguaje «puede ser correcto o incorrecto, bueno o malo, más o menos elegante o efectivo o apropiado» (Cameron: 9). Si intentamos escurrirnos de la normativa (también conocida como prácticas prescriptivas), estaremos huyendo de una «parte inalienable del lenguaje en uso» y, por lo tanto, estaremos huyendo del lenguaje mismo.

Podemos decir, pues, que lo que presenciamos en esta película es una de las más grandes campañas de higiene verbal de todos los tiempos. Se trata de un caso paradójico, de medidas coercitivas gigantescas, equivalentes a lavarle la lengua con jabón a toda una nación, puesto que la mayor parte de las prácticas higienistas son menos sofisticadas y tienen propósitos menos evidentes. Entendámonos: lo que Cameron llama higiene verbal no es un discurso homogéneo y único que justifica el control del lenguaje por un determinado grupo social. No hay, pues, una higiene verbal, sino varias a la vez. Retomando nuestra lista de prácticas higienistas, podremos ver que nadie escapa a la higiene verbal. Cuando deseamos escribir una carta formal, buscamos el manual de ortografía; cuando no queremos herir la susceptibilidad de alguien, usamos eufemismos (un lenguaje políticamente correcto); cuando queremos justificar la primacía de nuestra variedad lingüística por encima de la de otro, ridiculizamos sus prácticas lingüísticas (por ejemplo, las parodias sobre el castellano andino); y, finalmente, cuando anhelamos hablar de forma culta, no solo correcta, acudimos a una autoridad lingüística y depositamos nuestra absoluta confianza en que lo que dice es infalible.

Estos casos nos señalan que nosotros, antes que sufrir una fuerte imposición desde arriba sobre determinadas reglas lingüísticas, buscamos, creamos y perpetuamos nuestras propias reglas. Por lo tanto, «todos somos prescriptivistas escondidos o […] higienistas verbales» (Cameron: 9), pero como hemos señalado con respecto al uso de malas palabras, no hay una gratuidad total en la higiene verbal. Son pocas las personas que hablan del lenguaje por simple placer. Cuando hablamos del lenguaje, como en Fuck, hablamos, ante todo, de grupos humanos disputando espacios simbólicos. Lo que realmente se controla cuando se trata de controlar el lenguaje es a grupos sociales determinados1.

Resumiendo: las prácticas higienistas no están desligadas de otras prácticas sociales, políticas y económicas; asimismo, son elaboradas y asumidas por todos y, finalmente, no se refieren, la mayoría de veces, al lenguaje mismo, sino a sus hablantes. Sin embargo, ¿cómo es que estas medidas de control social han perdurado y son aceptadas sin aspavientos en tiempos donde el cuestionamiento y los cambios sociales son característicos? En otras palabras, ¿por qué estas prácticas sociales y no otras no parecen generar ninguna incomodidad?

Lo que caracteriza a la higiene verbal es que pese a su bienintencionada apariencia (costumbres, convenciones y tradiciones) puede «contribuir a un círculo de exclusión e intimidación» como el de otras prácticas sociales (Cameron: 12). Nadie se pregunta por qué existe determinada regla ortográfica o tal exigencia gramatical; de hecho, si uno preguntara en voz alta por el porqué de las reglas lingüísticas, quedaría frente al resto como ignorante. Simplemente están ahí para ser obedecidas sin aspavientos. Desde ese punto de vista, dichas prácticas higienistas están en una categoría especial dentro de otras reglas sociales2: «su autoridad no solo viene de una imposición externa, sino que también es experimentada como si viniera desde adentro» (Cameron: 14).

1 Piénsese en las ingentes cantidades de dinero que la maquinaria de la higiene verbal ha recaudado en Estados Unidos. ¿Acaso ese dinero ayudaría a salvar a ese país del peligro de la inmoralidad?

2 Piénsese, por ejemplo, cómo son cuestionadas la ropa de moda o la música, y cómo nadie se atreve a cuestionar ni una sola convención lingüística.

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