Galleta Tuerta
Espacio personal

El último prejuicio aceptable

¿Qué es la repugnancia? ¿El miedo? ¿La ira? Muchas veces no preguntamos sobre el mecanismo que desecadena estas emociones. Simplemente nos limitamos en reaccionar. ¿Qué es lo que está fallando con nuestros sentidos? ¿Qué pasa por nuestras cabezas? Lo que sostengo a continuación es que los mecanismos de verguenza y repugnancia son construcciones sociales que enmascaran un constructo ideológico que juega a favor de determinados intereses. En otras palabras, no hay una necesidad innata en la repugnancia y la verguenza generada en aquellos cuerpos y vidas. Estos no son más que elementos fantasmáticos que fueron maquinados por la sociedad (Nussbaum, 2006).

Desde siempre he percibido el desprecio y degradación a los homosexuales y lesbianas como algo particularmente interesante. En todos los casos y en cierta medida, me parecían injustificados. Lo interesante es que he aprendido a temer y despreciar a personas que pueden catalogarse así (lo de la catalogación es todo un rollo) muchos años antes de conocer a cualquier gay o lesbiana. Fue en ese camino de conocer y develar lo que tanto tiempo me han prohibido que me he topado con la maquinaria más injusta casi nunca cuestionada de nuestra sociedad: la homofobia.


Comprendo, en este primer momento, como homofobia el miedo injustificado que sienten las personas a gays y lesbianas. Irónicamente, la homofobia es considerada por la OMS un desorden psicológico mientras que la homosexualidad, no. En otras palabras, para el mundo médico internacional los enfermos son los homófobos y no los gays y lesbianas. Pero vayamos más allá de la terminología. ¿Qué siente qué frente a quién? Son las personas heterosexuales las que siente miedo/asco/rechazo a las personas homosexuales. Sin embargo, esta afirmación ya tiene dos presupuestos: el de las categorías sexuales en cuestión y el de la mistificación del concepto miedo/asco/rechazo.

Los términos homosexual y heterosexual con los que vivimos día a día, que se nos repiten tanto que podemos creer que son eternos (es decir, lanzan su estela de verdad hacia un pasado y un futuro infinitos) no lo son para nada. La palabra “homosexual” de cariz médico surgió a finales del siglo XIX y su contraparte “normal”, la “heterosexualidad”, surgió once años después (Fuss, 2006). Pero esto no significa que las relaciones sexuales y sentimentales entre personas del mismo sexo sean cosa de la historia contemporánea. Una enorme cantidad de pruebas desde la literatura, el derecho, la pastoral y el discurso médico dan cuenta de la homosexualidad, término anacrónico por lo visto antes, desde hace muchos siglos (Fone, 2000).

No hay que, por ello, creer que hubo una arcadia donde la “tolerancia hacia la homosexualidad” (frase ya analizada por Foucault) era cotidiana. Así como hay una larga trayectoria de conductas homosexuales, también existe una enorme cantidad de evidencia de que la homofobia se ha da presentado de múltiples maneras. A grandes rasgos, podemos decir que la homofobia ha existido para hacer mofa del afeminamiento y criticar el carácter no reproductivo en un primer momento. En otras palabras, la homosexualidad era tradición constatable y aceptada, pero solo condenable si se extendía fuera de cierto tiempo de vida y si implicaba afeminamiento. La tradición judeo cristiana fue más allá: todo comportamiento homosexual era condenado por las autoridades religiosas como contrario a la ley de Dios. Está demás decir que la leyenda de Sodoma no es más que una pésima lectura de las sagradas escrituras (Fone, 2000: Cap.5). Fue en este periodo de la historia en que empezó una auténtica cruzada homofóbica a lo largo de Europa: miles de personas fueron torturadas, ejecutadas y sentencias a penas que podía durar décadas. Finalmente, podemos mencionar que la época victoriana y su discurso moralista despegó la violencia, jurisdicción penal y odio masivo hacia los gays. Inglaterra tiene el penoso mérito de ser considerado el país más homofóbico de la historia: no fue sino a mediados de 1960 que la homosexualidad dejó de ser un delito en las islas británicas. Irónicamente los estudios sobre conductas sexuales causó un boom en la moral de la época dando lugar, según Foucault (1976), a la creación de la sexualidad como la conocemos hoy.

Este breve recorrido histórico puede hacernos pensar que la homofobia es algo inherente a la historia humana. Lo que fue un pederastra se convirtió en sodomita y este, a su vez, devino en homosexual. Pero el cambio de rótulo es también un cambio en las categorías de repugnancia como ya hemos señalado. Hoy, a principios del siglo XXI, aún los mecanismos homofóbicos son menos evidentes, pero no por ello menos nocivos. Empecemos por el más ubicuo: afeminamiento.

Es irónico, incluso contradictorio para muchos y muchas, que los hombres heterosexuales deseen, fantaseen y mueran por las mujeres que ellos jamás quisieran ser. “Amo a las mujeres, pero jamás me confundas con una”, parece ser la consigna de la heteronormatividad masculina. ¿No olvidamos acaso que decir que un hombre “parece mujer” o que “actúa como mujer” es un insulto? La heterosexualidad, constructo que ya hemos visto, se basa en gran medida en el desprecio hacia las mujeres. Un desprecio que se patenta en la subalternidad de estas y la imposibilidad de los hombres de asumir los roles familiares y económicos que se les asigna a ellas. ¿Qué pasa con aquellos hombres que toman la batuta en el hogar, los oficios tomados socialmente como femeninos, demostrar pasiones, gustos y apetencias no sexuales que son considerados femeninos? ¿Qué es lo que hace a una mujer, mujer y qué a un hombre, hombre? La categoría de hombre necesita de su suplemento estigmatizable y, no se confundan, no es el homosexual. Es la mujer.

Una vez me acuerdo ir a un restaurante y pedir una “margarita”. El tipo que me acompañó me dijo que no pida eso porque “es trago de damas”. Solo le faltaba decir que si lo tomaba me convertía, por arte de magia, en mujer. Meses después, él argumentaba que las mujeres atractivas deben tener algo mal en la cabeza si es que quieren hacer estudios de postgrado. “¿Para qué? Si pueden casarse y estar tranquilas”. Este hombre es heterosexual, y está feliz y burguesmente casado. La misoginia está en el aire.

El otro punto que me gustaría tratar, hay muchos más, es el referente a la relación entre hombres heterosexuales. Cuando el común de los hombres habla de la homosexualidad no menciona lo abyecto de lo homosexual, por lo general en sus comentarios no hay nombre propios, a diferencia de cuando se habla de cualquier otra persona: “Él es bien chamba, pero se estresa mucho”, “Ella está buena, pero no tiene buenas piernas”, por ejemplo. Lo que resulta interesante del discurso homofóbico es el anonimato del sujeto de la conversación, los enormes deseos del emisor de hacer uso de hipérboles, exotismo y distanciamiento con respecto al “homosexual”. Se reafirma la enorme brecha entre ellos y el “yo” enunciador. En otras palabras, no se habla de lo abyecto del homosexual, sino de lo homosexual como abyecto en su totalidad (Fuss, 1996), no importa quién sea, dónde esté, cuándo… Siempre será sujeto de desprecio… un cuerpo que no importa.

Me gustaría reconsiderar entonces el concepto de homofobia. Antes que el miedo/rechazo de hombres y mujeres heterosexuales hacia gays y lesbianas, considero al igual Kimmel (2001) que la homofobia en gran medida es misoginia y que, sobre todo, es el miedo hacia otros hombres y tiene poco que ver con la homosexualidad:

“Homofobia es el miedo que otros hombres nos desenmascaren, el miedo de no ser verdaderos hombres. Tenemos miedo de dejar que otros hombres miren ese miedo. Miedo que nos averguenza porque el reconocimiento del miedo en nosotros mismos es una demostración para nosotros de que no somos tan masculinos como pretendemos (…). Nuestro miedo es el miedo de la humillación. Tenemos verguenza de estar asustados.”
Kimmel, 2001: 277


La homofobia, pues, está en no parecer al ideal de hombre. Está en desenmascarar que lo que los hombres presentan como su bandera de normalidad, la cruz de su imperio, es una farsa: su heterosexismo, blanco, misógino, homofóbico y burgués. Quitarle al rey lo que nunca fue de nadie: el trono del opresor. Preguntar por la homofobia es preguntar por el lugar del desplazado y la desplazada: todas las mujeres y los hombres que han mandado al tacho las reglas de género que no son más que reglas de la opresión, los cuerpos subalternos, las sintiencias, pensamientos y pasiones que no entran en la matriz de estos hombres fantasmáticos.

No nos olvidemos que aún hay mucho que hacer para acabar con la homofobia. Este es el último prejuicio aceptable precisamente porque pone en juego todo lo que conocemos como sociedad. Es la batalla más larga porque incluye a más actores, conceptos e instituciones que ninguna otra lucha en la historia. Veamos con nuestros ojos, recordemos nuestros cuerpos t nuestros corazones que no son defectos o una meta frustrada ya que nunca llega al ideal. La lucha contra la homofobia es la lucha de todos: homosexuales y heterosexuales, hombres y mujeres, no blancos y blancos, ricos y pobres. Una vez ganada, recién podremos hablar de democracia y justicia.

2 comentarios to “El último prejuicio aceptable”

  1. Gracias por compartirlo. Nada más que con el fondo negro estoy viendo puntitos.:)

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