Galleta Tuerta
Espacio personal

Cielos

Me acuerdo claramente que en la celebración del Día de la Madre del terce año de secundaria me quedé contemplando el cielo durante varios minutos. En esa época, vivía en Piura y no conocía mucho otros lugares. Me acuerdo perfectamente aquel cuadro: nubes desgastadas como hilachas de algodón rivalizaban con otras que eran regordetas como ovejas. Una parecía querer en una posición más alta que la otra. El sol ya estaba ocultándose. Probablemente eran las seis de la tarde. Ya empezaba a correr más viento y la temperatura bajaba. Los colores más profundos comenzaban a desplazar el celeste cotidiano: morado, magenta, rojo, naranja… en todo sus matices. Veía como la profundidad de las nubes daban nuevos colores, cómo una al sobreponerse a la otra creaban nuevos y sutiles brochazos cálido. “Esto es tan hermoso. Lo recordaré por siempre”, pensé.  Al fondo, casi como con miedo, asomaba la luna de forma fantasmática.

Acostumbrado como estaba a un cielo transparente y colorido; y a un aire seco y limpio; vivir en Lima es realmente una tortura para alguien que pretendía amar la vida. Todo aquí es gris: el cielo, las palabras blanca, el rostro de muchos conductores, las señales de tránsito, los niños, las flores… una capa de smog nos rodea como un biombo eterno. No hay escapatoria: todo lo que se ve es el cielo eternamente blanco… el mismo blanco que hay al abrir la refri, el de las luces del quirófano, el de la luz alta de los faros de los autos… Un blanco agotador que te dice “¡Vive!” o tal vez “¡Sobrevive!” en una ciudad fea y falsa. Pero no dan ganas de vivir… Este reflector que es el cielo tiene la terrible propiedad refractaria de aumentar el brillo solar debido a las nubes que cubren la ciudad. Estas mismas nubes, me contó un geógrafo, nos alivian un frío que puede ser aún mayor. ¿A qué precio? Ver perenne y ubicuamente el mismo blanco sin sutilezas, ni matices, ni profundidad en todas partes…

El cielo es opresivo. Al mirarlo no te dan ganas de soñar ni de ser nada en esta vida. En Piura, por las noches, contemplaba las estrellas y pensaba en la gente que vivía en otras partes y pretendía reconocer ovnis de aviones. Al menos, servía para matar el rato y divertir a un niño. ¿Y aquí? Lo más cercano que se puede estar de ver las estrellas es vivir al lado del mar, como yo hace nos años, pero no se ilusionen. Tampoco verán tantas. Y, asi como se amplifica la luz de sol por las nubes, en la noche, sucede lo mismo con el brillo de la luz artificial. De noche, no se negro, se ve morado. Así es, morado, un color antinatural para la noche… Recuerdo esa noche cuando dormí camino a Paita y vi, no exagero, el cielo nocturno más impresionante de todos… pero esa es otra historia.

2 comentarios to “Cielos”

  1. bonito post, pero date cuenta que muchas de nuestras percepciones hacia un lugar tienen que ver con las experiencias que vivimos ahí. eso sí, reconozco que lima es bien fea y bien gris, a pesar de que yo sí le tengo cariño, es un hecho que el solazo y cielo azul que tengo ahora en new brunswick hace que esté mejor de ánimo, jajaja

  2. Bueno, hoy escuché a una amiga geógrafa decir que es más probable que la gente ande más contenta en un clima soleado y cálido en lugar de uno como Lima. Se lo dijeron en su clase de psicología ambiental.
    🙂


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