Galleta Tuerta
Espacio personal

Palabras que importan: los beneficios de la higiene verbal

Este post es dedicado a C., una gran amiga y maestra.

Mi amiga E. se quedó impávida cuando un profesor de EE.GG.LL. les llamó la atención a todos los alumnos, incluida ella, por su falta de atención. Él tuvo la desacertada idea de preguntar si es que ellos “tenían síndrome de Down o algo por el estilo” que no les permitía pensar. E., como hermana mayor de una niña con este síndrome, no pudo más que indignarse y quedarse callada. Ganas no le faltaron, pero sí coraje. En todo caso, ella sabe que no es la primera ni última vez que usarán la palabra “Down” con la acepción despectiva de “tarado” o “retardado mental”.

“Nosotros utilizamos el lenguaje y el lenguaje nos utiliza a nosotros”, decía Robin Lakoff al inicio de su audaz artículo “Women and language place”, que empezó los estudios que relacionaban el género con el lenguaje en uso. ¿Cómo es que el lenguaje nos usa? A continuación, quiero argumentar, brevemente, que el uso indiscriminado y poco reflexivo de términos psiquiátricos como “bipolar” puede causar no solo que tales palabras sean significantes vacíos, sino que, indirectamente, nos vuelve insensibles y ciegos al dolor ajeno.

Hace unos meses vi en el muro de una vieja amiga, ¿o era amiga vieja?, que rezaba así: “Es una joda ser bipolar”. Sorprendentemente, nadie comentó su status. ¿Por qué, de repente, nadie quería meter su cuchara en su concurrido muro? Es fácil decir que alguien es bipolar, pero considero que hay que tener agallas para presentarse así al mundo: solo basta pensar en el riesgo de ser observados con condescendencia y rareza por otros, que pueden ser parte de nuestra familia y amigos.

Los términos médicos que hablan de transtornos psiquiátricos parece estar tan en boga ahora como lo estuvieron los términos psicoanalíticos en su momento. Ahora, la gente llama “bipolares” a las personas con caprichosos y voluntarios cambios de temperamento, “deprimidos” a las personas melancólicas o muy tristes, “soumenage” a un simple agotamiento, “sociópatas” a la gente muy tímida, “disforia de género” a la simple transgresión de las normas de género, etc. Lo preocupante es que, al llamar a cualquier individuo o situación con estos términos de manera antojadiza, estamos haciendo un proceso semiótico de “borradura” (Irvine y Gal 1999):

La borradura es un proceso en el cual la ideología, al simplificar el campo sociolinguístico, presenta a algunas personas o actividades (o fenómenos sociolinguísticos) como invisibles. Hechos que son inconsistentes con el esquema ideológico  no son anotados ni explicados. Así, por ejemplo, un grupo social o una lengua puede ser imaginada como homogéneo, su variación interna no es tomada en consideración. Debido a que la ideología linguística es un visión totalizadora, los elementos que no encajan en su estructura interpretativa -que no puede ser vistas para que encajen- deben ser o ignorados o transformados.

p,38 [La traducción es mía.]

Una ideología de corte patologizante nos presenta un mercado de etiquetas con los cuales debemos encajar: tanto uno mismo como los demás. Estas etiquetas funcionan por medio de la borradura antes mencionada. En ese sentido, lo que se cuestiona diariamente es si una persona está sana o mentalmente estable, pero no qué es lo que significa estar sano o estar mentalmente estable. En otras palabras, el éxito de la psiquiatría en la vida diaria no es habernos ayudado a aliviar nuestro sufrimiento, sino haber tenido el rol taxonómico de etiquetarlas de manera elegante. Cualquier atisbo de “bipolaridad”, “depresión”, “fijación”, etc., hará que la persona o el hecho entre en un uniforme grupo donde no hay diferencias internas: “los anormales” (esto es, pues, un proceso de borradura). No obstante, la misma ciencia médica se ha encargado de hacer finos matices al momento de diagnosticar nuestros males. Aún recuerdo, los largos reportes que tenía mi propio psiquiatra en su escritorio: una sola psicobiografía podía llenar una docena de páginas. ¿Entonces, de dónde viene este proceso de borradura patoligizante? No es mi intención descifrar su origen. Lo que planteo es que 1) no se trata de un discurso médico, pero sí patologizante y 2), lo desarrollaré a continuación, es una borradura hecha para evitar reflexiones sobre la salud mental y justificar nuestra falta de compasión.

Aún recuerdo lo que me motivó a escribir estas líneas. Era una tarde en la que C. y yo nos reunimos en su casa. Mientras conversábamos ella daba signos de tener dolor de cabeza. Pese a no lucir muy agotada, dejaba oraciones a medio terminar… Le pedí que dejáramos todo ahí y que termináramos de hablar. Ella dijo que estaba bien, pero yo no le creí. Luego de eso, llegó su pareja. Tomé mis cosas para retirarme. Conversamos un rato los tres a la vez. Ellos dos conversaron un rato: ella le explicaba que no se sentía particularmente triste, pero que su mente estaba agorada (“¡Eso creí yo también!”, pensé). Un momento yo giro para verla: extrañamente tenía sus ojos rojos.  Volteo la mirada y reestablezco mi conversación con él. Escucho un grito ahogado. Volteo rápido una vez más y la veo tapando su rostro mojado por las lágrimas. “¡Perdón! Un momento”. Ese fue un momento muy tenso. Me sentí culpable y triste. Luego de unos minutos de escuchar sollozos que venían del baño, ella regresó con la cara sonrosada por el agua fría y el roce de sus manos. Ambos se despidieron de mí. Dejé su casa en estado de shock y, a la vez, culpable.

C. me dijo en alguna ocasión que sufría de transtorno de conducta bipolar. Le creí a medias precisamente debido a este discurso patologizante de moda. Aquella tarde que acabo de describir me aseguró, de manera violenta, qué es lo que significaba cada una de esas palabras. Mi reflexión inmediata fue pensar por qué, si se trata de algo tan grave y doloroso, la gente señala, muchas veces sin escrúpulos, a otros como “bipolares” u otras se aventuran a diagnosticarse como “bipolares” sin una certificación médica. Mi argumento es el siguiente: la asignación de “bipolaridad” es llevada a cabo por un proceso de borradura que patologiza homogéneamente a personas algo afectadas o que, en ningún caso, están enfermas; y es motivado por un deseo estigmatizador (paralelo al de la asignación de la categoría de “homosexual” o de la medieval “bruja”).  Me explico: al decir que alguien es “bipolar” se lo hace de manera categórica y, lo peor de todo creo yo, se le asigna agencia a la persona en cuestión. Esto último implica una contradicción: se dice que una persona es culpable de su propia enfermedad, que decidieron abrazar tal transtorno.

¿Acaso decimos “X es bipolar” sin una carga de asignación de responsabilidad en el otro? Recordemos cómo es que usamos la frase “Me siento deprimidx” o “X es un sociópata”. ¿Acaso la depresión, la bipolaridad o la sociopatía son alteraciones mentales que uno puede controlar totalmente? Si la respuesta es sí, entonces no se trata de una enfermedad psiquiátrica. Si hablamos de enfermedades, veamos si nos referimos de manera equitativa cuando se trata de una infección al apéndice, un tumor maligno o una neumonía. ¿Se nos prendió las lucecitas de nuestra mente un día y decimos “X tiene cáncer de estómago” con la intención de señalar que esa persona tiene la culpa de su condición? Vemos que la respuesta en “no”. Considero que los términos psiquiátricos dan lugar a una falta de compasión que ni siquiera los médicos que acuñaron estos términos han presentado.

Mi reflexión final es que debemos reconsiderar que las palabras sí importan. Ellas son las gafas con las que observamos el mundo. Si no somos conscientes y atentos a lo que decimos, ¿qué sucederá con lo que pensamos antes y después de hablar? Por eso, quiero reconocer el papel de las prácticas higienistas verbales de las que hablé en un post anterior. Debo afinar mi postura al respecto: es condenable tratar de controlar a las personas por medio del lenguaje; pero es mucho peor que no se discuta el estado linguístico de las cosas. Esto último no solo no permite poner sobre el tapete los problemas relacionados entre lenguaje y la vida social (en este caso, el lenguaje médico y la compasión hacia los demás), sino que no puede dar cuenta ni siquiera de que hay algo que se puede discutir. En términos gramscianos, la hegemonía ha tenido lugar. ¿Cómo discutir si no se sabe sobre qué se puede discutir? Las ideologías están ahí, llámese higiene verbal o discurso patologizante, debemos sacarlas a la luz y probar otras nuevas más éticas y acertadas con la realidad social.

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